Solo se certifica lo físicamente ejecutado y medido en obra, ni un euro más, aunque el capítulo tenga presupuesto de sobra: el presupuesto del capítulo es una barrera de referencia, no una meta a rellenar.
La regla es tajante y el oficio la prohíbe romper: solo se certifica lo físicamente ejecutado y medido en obra, ni un euro más, aunque el capítulo tenga presupuesto de sobra. La medición en obra (lo realmente levantado) es la fuente única: si el subcontratista ejecutó cierta cantidad de un capítulo a cierto precio, eso es lo certificable ese mes. El técnico de control mide in situ; el administrativo emite la certificación con esos metros. El presupuesto del capítulo aparece al lado como cifra orientativa, pero funciona como barrera conceptual, no como meta a rellenar: nadie certifica hacia el tope solo porque el tope exista.
Por eso el auditor cruza siempre tres columnas distintas y no las confunde: ejecutado (lo medido en obra), certificado (lo emitido) y presupuesto (el tope contractual del capítulo). Que el certificado se acerque al presupuesto no es un objetivo; que el certificado supere lo ejecutado sí es una bandera roja.
Ejemplo inventado: un capítulo de cimentación tiene presupuesto de 60.000. Este mes se han ejecutado y medido trabajos por 25.000. Se certifican 25.000, no 60.000, aunque quedara hueco. Certificar los 60.000 completos sería certificar obra que aún no existe: sobrecertificación, que el día que la DF mida sobre el terreno te delata. La responsabilidad de que el certificado nunca corra por delante del ejecutado es del practicante, verificándolo a mano; certificar de más es pan para hoy y una regularización dolorosa —o un fraude— para mañana.
Método de Urban Field Projects, con la voz de Pol. Guía general, no asesoría; el caso concreto lo valida el profesional colegiado. Verdad medida, sin datos de operaciones reales.